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En el PicNic Literario de hace unas semanas concocí a mujeres maravillosas con historias de superación detrás. Una de ellas fué Laura Puerto; encantadora, dulce, fuerte y luchadora.

En la ilusión por formar una familia podemos encontrarnos con muchos obstáculos, ella y su marido han tenido que enfrentarse a unos cuantos. Pero esto nos lo va a contar ella.


Soy Laura, tengo 33 años y soy una de las muchas mujeres afectadas por la endometriosis.

La endometriosis ha marcado mi vida pero, aunque me lo ha puesto muy difícil, no ha impedido que consiga alcanzar el mayor de mis sueños, ser mamá.

A los 22 años fui a hacerme mi primera revisión ginecológica. Sin esperarlo en absoluto, me dieron la “sorpresa” de que tenía un quiste en cada ovario, y eran de tal dimensión, que se pudo diagnosticar enseguida que tenía endometriosis. Me operaron poco tiempo después por laparoscopia, y el resultado fue óptimo. Después, con anticonceptivos, pudimos mantener la enfermedad a raya durante 7 años.

A mis 29, mi marido y yo decidimos que ya estábamos preparados para ser padres, y como la enfermedad no había vuelto a hacer aparición en este tiempo, nunca pensé a lo que me tendría que enfrentar en el futuro, la lucha contra la infertilidad.

Tras seis meses sin lograr nuestro objetivo nos hicimos las primeras pruebas y los resultados no fueron buenos. Mi marido tenía los espermatozoides con poca movilidad, y yo la antimulleriana bastante baja. Me dijeron que si quería ser mamá tendría que ser a través de la reproducción asistida.

Intentamos una inseminación artificial que, con la baja movilidad de los espermatozoides de mi marido, fue negativa.

El siguiente paso fue la fecundación in vitro. Hasta en tres ocasiones me sometí a ella, y en las tres ocasiones los resultados fueron negativos. Pero mi relación con la fecundación in vitro no solo fue una acumulación de negativos, sino que incluso la endometriosis, que llevaba 8 años sin aparecer, se había venido arriba con las estimulaciones ováricas. Otra vez vuelta al quirófano y laparoscopia para quitarme una trompa, aislarme la otra (no la pudieron quitar porque la tenía muy pegada al ovario) y limpiarme múltiples adherencias de endometriosis que habían aparecido.

Dar el salto a la ovodonación no fue sencillo. Intentaba hacerme a la idea, pero se me hacía muy duro. Siempre nos habían dicho que mi abuela, mi madre y yo nos parecíamos mucho, y yo quería que mis hijos tuviesen mi carga genética.

Pasaron días complicados, de asumir muchas cosas, pero ya había llorado todo lo que tenía que llorar. Lamentarme no iba a servir de nada, y era momento de buscar soluciones. Y si mi solución podía ser la ovodonación… ¡¡pues adelante!!

Yo deseaba ser madre a toda costa, ¿qué importaba esa célula inicial que me tenían que donar? Yo lo iba a llevar dentro de mí, lo iba a alimentar, y sobre todo, lo iba a cuidar y querer. Sin darme cuenta, había pasado el duelo genético.

De esta forma, inicié mi primer tratamiento de ovodonación. El momento de la transfer fue muy bonito, y en cuanto me pusieron a los embriones los sentí de inmediato como míos. A partir de ahí, mi cuerpo se encargaría de ellos. Eran mis bebés.

Tras doce días de betaespera, tuve la alegría más grande de toda mi vida. BETA POSITIVA. ¡Por fin estaba embarazada! ¡¡Y por el valor podían ser dos!!

Una semana más tarde se confirmó en una ecografía que eran dos. ¡Esperaba mellizos! Y tras un embarazo complicado y un parto prematuro, la vida me hizo el mejor regalo del mundo, mis príncipes. Ahora tienen 16 meses, y no puedo ser más feliz.

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Si te has sentido identificada con la historia de Laura o con alguna de sus partes seguro que te va a interesar el libro que Laura ha escrito contando su experiencia. Se llama “Plantando cara a la infertilidad”

libro-plantando-cara-a-la-infertilidad

Y aquí tienes la información de dónde puedes comprarlo

La diversidad familiar es muy amplia y en muchos casos comienza antes de que nazcan los hijos o hijas. Seguiré compartiendo historias de familia en este blog porque podemos aprender todas y todos tanto…

Gracias a Laura y su familia por su generosidad al compartir su historia. Y estoy segura que le encantará leer cualquier comentario que quieras compartir con nosotras.

Un abrazo,

Isabel.

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